dijous, 4 de febrer de 2010

Ensenyar filosofia segons Oscar Brenifier

Filosofía en la ciudad
Óscar Brenifier

"La idea que me rondaba desde siempre era la de iniciar al gran público en la filosofía, llevar la filosofía a cada uno. Estaba convencido de que, como yo, todo el que descubriera a Platón quedaría enamorado de él. Me parecía aberrante que una actividad tan vital, tan fundamental para el ser humano, que se relacionaba con la comprensión del mundo y el sentido de la existencia, quedara reservada para una elite académica y erudita. De forma que, una vez terminado mi doctorado en filosofía en la Sorbona, decidí lanzar “el gran proyecto”: introducir la filosofía en la ciudad.

Con mi esposa y colaboradora, fuimos a llamar a las puertas de los ayuntamientos proponiendo a los responsables culturales la organización de talleres de filosofía, lo mismo que los que ya existían de teatro, yoga o tejido. Los habitantes de la comunidad podrían venir semanalmente a discutir sobre diferentes temas y descubrir grandes autores. Nos miraron más bien extrañados, las preguntas que nos plantearon nos hicieron comprender que sospechaban fácilmente que queríamos fundar una nueva secta o que pretendíamos presentarnos a las elecciones.

Esto ocurría antes de que llegara la moda de los cafés filosóficos que iba a cambiar la situación y a banalizar un poco la idea de una actividad filosófica popular. Por casualidad o por intervención de la providencia, una elegida acababa de llegar de un viaje a Grecia: aún motivada por el recuerdo de Sócrates, dio su aprobación. De este modo se creó nuestro primer taller filosófico, el primer hito de esta empresa filosófica.

Algunos años después, nuestra hija mayor entraba en la escuela de párvulos. Propuse a la dirección animar sesiones regulares de filosofía con los niños en los diferentes niveles, entre tres y cinco años, algo que realmente nunca antes había hecho.

Tras obtener el permiso de la inspectora local, me lancé a esta nueva aventura, interesante, pero no siempre fácil. Era necesario inventar diferentes técnicas para invitar a los niños a concentrarse y escuchar. Pronto descubrí hasta qué punto un innato sentido de la lógica aparecía muy pronto en el niño en contra de lo que se suele creer. Pero también descubrí hasta qué punto existen diferencias entre los distintos niños según el contexto familiar y sociocultural. Especialmente entre los alumnos iniciados en una cultura de discusión y los demás alumnos.

Recuerdo a esos alumnos a los que preguntaba y que me miraban como si fuera marciano porque no daba órdenes, no prohibía nada, no regañaba. Estaban asombrados y turbados al ver que solo intentaba saber qué pensaban. Para estos, una palabra tan solo podía tener sentido dentro de un marco utilitario e inmediato en el que el adulto debe necesariamente imponer su autoridad amenazadora.

También fueron mis primeros intentos de formar a los profesores en la práctica filosófica. “Nos pide que cambiemos de sombrero”, dijo un día una de ellas; pues pasar de la afirmación a la pregunta, de la postura de un profesor omnisciente a la práctica de la pregunta abierta, era un auténtico problema. Es difícil convertirse en un ignorante.

Al final del año, redacté un informe en el que ponía de manifiesto diferentes obstáculos pedagógicos, lo que hizo que cayera sobre mí el rayo de la inspectora del lugar, que me acusó de dudar de sus profesores. Afortunadamente, hubo otros que no lo entendieron del mismo modo y enseguida vinieron muchas oportunidades para desarrollar y poner en marcha la práctica de la filosofía con los niños.

Por diferentes razones me invitaban, sobre todo, a trabajar con las clases difíciles. Entre mis recuerdos imperecederos hay uno de una clase muy problemática. Buena parte de los esfuerzos del taller consistía en hacer que los alumnos reflexionaran sobre sí mismos, enseñarles a cuestionarse. El interés era llevar la filosofía hasta sus límites, examinar la capacidad de ese arte para trabajar el ser, para invitar al sujeto a un cuerpo a cuerpo consigo mismo.

Una de tantas mañanas en la que los alumnos estaban un tanto excitados uno de ellos insultó a otro en voz alta. Impresionado por las palabras escribí en el encerado “Kevin, (u otro nombre) es un coñazo” y el nombre del autor de esa invectiva. Luego le pedí a este último que suministrara las pruebas de su acusación. Muy sorprendido, tan solo pudo tartamudear, pero otros tomaron su puesto rápidamente, ya fuera para probar que Kevin era un coñazo, ya para demostrar que, por el contrario, no era ese el caso, lo cual duró una hora.

Cuando uno de los argumentos estaba en un estado avanzado lo examinábamos para determinar si estaba o no claro, si era o no apropiado, sensato o no. Se trataba de hacer un análisis y un juicio, y tuve la impresión de que esa clase nunca había estado tan tranquila y concentrada. Al final de la sesión tanto Kevin como su acusador parecían satisfechos y sorprendidos.

Sin haberlo previsto, algo importante había ocurrido ese día. Una cierta inversión de valores, tal y como recomienda Nietzsche para favorecer la higiene mental. Una toma de distancia habitual frente a la palabra. Abstraerse de repente de los esquemas establecidos y de las reflexiones condicionadas para permitir la articulación de un pensamiento vigoroso.

No siempre nos damos cuenta de ese efecto anestésico, incluso catastrófico, de las reglas en vigor y de la moral establecida en perjuicio de su necesidad. El profesor testigo de este audaz ejercicio no dejó de expresar sus reticencias, sobre todo a propósito de la inscripción de una frase tan dudosa en el encerado. Gesto, sin duda, percibido como una trasgresión simbólica de lo sagrado.

Muchos años después, mis obras de filosofía para niños se publican en una treintena de lenguas; me invitan a animar seminarios en los cuatro puntos del mundo. Al escribir esto me encuentro extraño porque tengo la impresión de que no he hecho nada de particular Y cada vez que entro en una clase, cuando entro en un lugar, en cualquier país, con interlocutores de cualquier edad, tengo la impresión de que toda la filosofía se alegra una vez más en ese momento, una especie de doble o nada en el que todo se puede ganar o perder."


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